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OPINION
POR GONZALO IRASTORZA
Pago Largo, Corrientes y la integridad nacional
09.04.2012 | 01:19hs

IMPACTOMERCEDES.COM _ El combate de Pago Largo, acaecido en nuestras tierras curuzucuatienses, debe ser analizado en el proceso de conformación del Estado Nacional en que estábamos inmersos. Debe recordarse que tras el Mayo de 1810 y luego de la Guerra de la Independencia, las viejas Provincias Unidas del Río de la Plata, venían sufriendo variados intentos separatistas, anarquía, guerra civil y caos generalizado…
 

La situación comienza a enderezarse con la asunción al poder de Don Juan Manuel de Rosas, y específicamente, con su segundo gobierno a partir de 1835, dictadura  que imprime un fuerte carácter de integridad y soberanía nacionales.

Bueno es decirlo y hay que recordarlo… La Argentina previa a Rosas estaba más cerca de transformarse en unas cuantas republiquetas que en un verdadero Estado Nacional... Así lo atestiguan numerosos hechos históricos incontrastables: el Cuyo, la Patagonia, el estrecho de Magallanes y sus acercamientos a Chile -anhelos que Sarmiento mismo se encargaba de fogonear constantemente -, las provincias del NOA amenazadas por la Confederación Peruano – Boliviana, la Banda Oriental en un sinfín permanente de intromisiones por parte del Imperio del Brasil y asediada igualmente por Inglaterra y Francia, y el Litoral también en constante fase de disgregación .

Bajo este marco global, debemos abordar el combate de Pago Largo, enfrentamiento civil en medio de contiendas internas y externas que ponían en peligro la integridad de la Confederación Argentina.

Pago Largo tuvo lugar el 31 de marzo de 1839, implicando la victoria de las fuerzas federales nacionales al mando del gobernador de Entre Ríos, el Brigadier Pascual Echagüe, sobre los contingentes del gobernador de Corrientes, el Coronel Genaro Berón de Astrada.

Berón de Astrada, enfrentado a la política de soberanía de Rosas de prohibición de la libre navegación de los ríos, hace un acuerdo para desautorizar la medida del gobierno nacional de don Juan Manuel, con el Brigadier Fructuoso Rivera, presidente uruguayo, juntamente con el gobernador de Santa Fe Domingo Cullen y el beneplácito del futuro adversario, el gobernador de Entre Ríos, Pascual Echagüe. El Restaurador de las Leyes, ante la acción correntina que ponía en peligro la unidad nacional en medio de un conflicto internacional como era el bloqueo francés al que estábamos sometidos, reacciona y ordena a Echagüe que actúe en contrario y que someta al gobernador insurrecto y aplaque la insurrección. Echagüe, secundado por el Coronel Mayor Justo José de Urquiza y por el Coronel Servando Gómez, moviliza sus tropas y rápidamente las ubica en Curuzú Cuatiá.
Berón de Astrada, quien había establecido su zona de reunión de efectivos milicianos en Ombú, al norte de Curuzú Cuatiá, inicia la marcha de aproximación hacia el arroyo Pago Largo. A orillas de dicho arroyo, al sur de Curuzú, culminan los enfrentamientos previos entre ambos bandos y se determina el resultado del combate.

En un principio, el choque efectuado por la infantería correntina resulta favorable, obteniendo una incipiente ventaja. Pero como en toda conflagración militar terrestre, el golpe de la caballería resulta determinante. En este caso, las lanzas federales al mando de Urquiza fueron furibundas para las valerosas aunque inexperimentadas tropas del ejército correntino.

Los famosos baños de sangre, habituales en toda trágica conflagración civil desde Atenas y Esparta a estas épocas, duraron dos días luego de decidida la suerte del combate. Las bajas producidas en ambas huestes son ostensiblemente dispares. En el Ejército Federal fueron casi nulas, y en el correntino, 2000 muertos y 800 prisioneros.

El mismísimo Berón de Astrada es muerto a lanzazos y sus restos cercenados; conocido es como le “lonjearon el lomo”, quitándole la piel de la espalda. Se dice, aunque no fue comprobado, que Urquiza hizo una manea con el cuero del bravo coronel correntino, siendo luego un macabro obsequio al semidiós de las pampas , don Juan Manuel de Rosas, quien supuestamente lo exhibía en su despacho de los pagos de Palermo de San Benito.  

Al compararse la cantidad de muertos con el número de beligerantes en las operaciones, que fueron 6000 de la partida federal y 5000 de la correntina, las cifras resultan dudosas, a menos que demos fe a las diversas narraciones acerca de los excesos que se cometieron. El soberbio historiador de Corrientes, Manuel Florencio Mantilla , apunta acerca de “la ferocidad de los vencedores, señalando que no tomaban prisioneros: los mataban. El cadáver de Berón de Astrada fue mutilado, cortándosele una oreja y sacándole la lonja de la espalda para maniota”. El pionero de la historiografía oficial, don Bartolomé Mitre , alza su pluma homenajeando a los vencidos: “Ninguna sola voz contestó desde el Plata a los Andes a este grito valeroso de redención lanzado por un pueblo inerme: ni un solo argentino fue a incorporarse a sus filas populares. Ante esa actitud inconscientemente heroica de un pueblo varonil… Casi todos murieron y su gobernador primero. Mil doscientos cadáveres quedaron en el campo. De la piel del gobernador se hizo una manea; los prisioneros fueron degollados y los caballos de los vencedores se ataron a los cadáveres de los vencidos…”. José María Rosa , historiador proclive al Restaurador, agrega: “Echagüe sorprendió las milicias en Pago Largo. Aquello no fue batalla ni nada parecido: 4 o 5 mil hombres sin dirección, sin instrucción, sin saber por qué se los hacía morir, enfrentados a una carga conducida personalmente por Echagüe secundado por Urquiza y Servando Gómez. Fue una masacre: dos mil correntinos según el parte de Echagüe, que no sabían rendirse murieron al grito de ¡Viva la Federación!, el mismo de sus atacantes”.

Así es que Corrientes, en plena intervención militar francesa contra el Río de la Plata y la Argentina, que bloqueaba nuestros puertos, vejaba nuestra soberanía y tomaba partido en asuntos exclusivamente rioplatenses, decidió declarar la guerra a Buenos Aires y con ello al Estado argentino mismo, ya que en aquella provincia estaba depositada la representación de la relaciones exteriores de la Confederación, instrumento legal que se renovaba anualmente, y que constituía de hecho una suerte de presidencia de la Nación. El Pacto Federal  de 1831, único soporte constitucional válido en aquellos tiempos y auténtico embrión de la República, obligaba a las provincias firmantes -Corrientes entre ellas- a formar un Estado único bajo la representación internacional y conducción de Buenos Aires.

Rivera, el líder unitario de la Banda Oriental y aliado de los emigrados argentinos en Montevideo y de Francia en contra de la Confederación Argentina “prometió auxilio material a la campaña libertadora de Lavalle y al levantamiento de Berón de Astrada”, cosa que finalmente no cumplió.

Posteriormente, la firma del tratado de paz entre el barón de Mackau por Francia y Felipe Arana -ministro de Relaciones Exteriores de la Confederación Argentina y arquetipo de una escuela de diplomacia que perdimos para siempre-, traería aparejado un altisonante triunfo para la dictadura federal, que consolidaba la unión nacional ante el mundo. El antagonismo de Corrientes con el gobierno nacional encarnado en la persona de don Juan Manuel, continuaría luego de Pago Largo , entre otros, con sucesivos intentos separatistas como fueron los Tratados con el Paraguay de 1841 y 1844  y la alianza militar con Entre Ríos, Uruguay y el Imperio del Brasil para marchar contra las fuerzas nacionales en la Batalla de Caseros del 3 de febrero de 1852, suceso que dio por terminados los tiempos de la Santa Federación y del Restaurador de las Leyes.

Pago Largo encarnó, sin lugar a equívocos, un rugido de libertad típicamente correntino, pero en tiempos en que la Argentina debatía cuestiones mucho más trascendentes que la organización nacional y la vocación autónoma de las provincias, tales como, nada más ni nada menos, la integridad territorial, la recreación del poder central y la factura misma del Estado Nacional que se veía jaqueado por intereses foráneos y pugnas de facciones civiles. Los hombres de Pago Largo dieron una muestra cabal de bravura rayana a la temeridad. Debe destacarse su comportamiento heroico, legado de la estirpe tigrera de Cabral al decir de “los de Imaguaré”; claro que también es justo señalar que en esos momentos Berón de Astrada y Corrientes no supieron ver un apotegma básico de la filosofía y del interés nacional: el todo -es decir, la Confederación Argentina- está antes que la parte -la provincia de Corrientes-…

Sólo algunos dirigentes fueron capaces de vislumbrar con clarividencia meridiana esa conciencia de argentinidad a cualquier costa, don Juan Manuel a la cabeza, desde luego. De allí la ferviente adhesión de San Martín, ese gigante correntino, argentino y americano, al Restaurador y a la obra de unidad nacional que imprimió con su férrea dictadura: escribía en carta a Rosas el padre de la Patria, el José que acunó “Rosa Guarú” un 10 de junio de 1839, enterado del ataque francés apoyado por los unitarios desde Montevideo: “...esta conducta (la agresión francesa) puede atribuirse a un orgullo nacional, cuando puede ejercerse impunemente contra un estado débil...pero lo que no puedo concebir es el que haya americanos que por un indigno espíritu de partido se unan al extranjero para humillar a su Patria y reducirla a una condición peor que la que sufríamos en tiempos de la dominación española: una tal felonía ni el sepulcro la puede hacer desaparecer...”  Así fue que, 11 años más tarde, cuando el Libertador pasara a la perpetuidad, el sable inmortal de Chacabuco, la espada eterna de la Independencia, sería legada por el Gran Capitán al Restaurador de las Leyes.  

Concluimos, como no podía ser de otra manera, con un mensaje de unidad nacional, parafraseando a Don Juan Manuel en sus primeros años de vida pública:

“La unión, mis compatriotas, la santa unión. La patria nos la pide... Sin unión no hay patria; sin unión todo es desgracia... fatalidades, miserias... Sed precavido... sedlo con los innovadores, tumultuarios y enemigos de la autoridad... Sed sumisos a la ley, no confundiendo al gobierno con las personas, y a la representación suprema con los representantes... ¡Odio eterno a los tumultos! ¡Amor al orden! ¡Fidelidad a los juramentos! ¡Obediencia a las autoridades constituidas!”

 

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