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Violencia intrafamiliar: el agresor como protagonista
09.09.2013 | 22:14hs

 Hay muchas violencias en la unidad familiar más allá de la violencia de género. La construcción social,

  y sobretodo el acercamiento desde una perspectiva psicológica a la persona que ejerce violencia, debe ser necesariamente restaurado.

 
Autor: Juan Macías (psicólogo)
Conceder un mínimo protagonismo a las personas que ejercen violencia es todavía polémico, desde la Ley Orgánica 1/2004 de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género, la reeducación de los agresores figura como una línea consolidada de trabajo global contra la violencia y permite una mirada, sino nueva, al menos un poco más amplia.
 
La realidad de la violencia intrafamiliar se difumina bajo la perspectiva de la violencia de género (sin cuestionar la importancia de ésta), se reduce a la violencia en pareja, además en pareja heterosexual y únicamente del hombre a la mujer. Con lo cual la figura del agresor queda construida en el marco de la violencia de género. El agresor es el hombre y el símbolo de una violencia histórica, cultural y social de la que actúa como brazo ejecutor que se beneficia de sus privilegios. El agresor en la violencia intrafamiliar es convertido en estandarte de una lucha, que aunque legítima, distorsiona unos hechos más amplios. Hay muchas violencias en la unidad familiar más allá de la violencia de género. La construcción social, y sobretodo el acercamiento desde una perspectiva psicológica a la persona que ejerce violencia, debe ser necesariamente restaurado.
 
Ya existen instituciones que velan por la moralidad y la legalidad de determinadas conductas y no es competencia de la psicología utilizar la supuesta autoridad científica para condenarlas o legitimarlas.
 
En ningún momento haré referencia a estos aspectos, sino a la responsabilidad del psicólogo/a, como profesional de la relación de ayuda, ante una persona implicada en una dinámica violenta.
 
El concepto de violencia tiene una doble dimensión. Usando las palabras de Pueyo y Redondo (2007): “la violencia no es simplemente un comportamiento ni una respuesta emocional, sino una estrategia psicológica para alcanzar un objetivo”, este tipo de definiciones, con la que estoy en total acuerdo, son efecto de un movimiento pendular que equilibra una postura previa “…un comportamiento… una respuesta emocional…”. Ciertamente la violencia responde en ocasiones a elementos ajenos a la voluntad de la persona para usar una estrategia y conseguir un objetivo. Muchas personas están atrapadas en la violencia como conducta disfuncional (para ellas mismas), como una respuesta no voluntaria y no adaptativa que les supone un coste emocional y vital alto. En la lucha en contra de la violencia de género se ha reivindicado entender la violencia hacia la mujer como estrategia para conseguir objetivos. Esto es históricamente necesario para atenuar mínimamente la invisibilización de esta realidad en una sociedad patriarcal y machista, que normaliza y argumenta la violencia de género. Una de las posibles formas de argumentar es el propio concepto de violencia, la lucha contra la violencia de género ha precisado neutralizar la violencia como conducta disfuncional y enfatizar su realidad como estrategia. Sin embargo, estos avances necesarios en la perspectiva de género, no pueden ser retrocesos en el abordaje general de la violencia, no podemos olvidar que la violencia es también una conducta disfuncional, que merece ser abordada desde la clínica y la investigación. (Quizá sea necesario señalar para algunos lectores/as que con todo esto no pretendo quitar responsabilidad a las personas que ejercen violencia, ni restar dignidad a las victimas, sólo humanizar y ampliar la mirada a todas las personas atrapadas en el acto violento).
 
Hemos aprendido a identificar y valorar “la violencia masculina” consecuencia del “poder” ejercido por el hombre. Sin caer en reduccionismos, existen tendencias para manejar el conflicto y la agresión, en formas que son tradicionalmente entendidas como “masculinas” o “femeninas” (lo cual no implica que sean exclusivas de hombres o mujeres). El estilo “masculino” de manejo del conflicto y la agresión ha sido muy analizado y sus manifestaciones aparecen como actos violentos clara y unánimemente condenados.
 
De hecho, son el origen del concepto de violencia. Recordemos que el origen de toda esta estructura teórica en torno a la violencia intrafamiliar está anclado en una realidad tipificada como delito: la agresión física ejercida por el hombre. Sin embargo se han invisibilizado otras violencias igualmente relevantes, que no necesariamente responden al formato, patrones y manifestaciones asociadas tradicionalmente al acto violento. Históricamente se ha ido ampliando el concepto de violencia, (iniciado con la censura legal y social de la agresión física) y es necesario seguir en este camino.
 
Ahora incluimos realidades como por ejemplo el acoso laboral: que presenta presión psicológica y emocional, en ocasiones sin conflicto directo y en el llamado umbral de agresiones de baja intensidad. Es bueno que se amplíe la definición de lo violento, sus formas y expresiones, para abordar integralmente la violencia como realidad y a las personas implicadas en ella.
 
En la violencia intrafamiliar el agresor no siempre es el hombre. La violencia también es ejercida por las mujeres, por menores o adolescentes, e incluso por personas dependientes. La lectura de la violencia como la estrategia de una persona que usa su poder o superioridad sobre otra para conseguir un objetivo, es una mirada limitada e insuficiente del acto violento (centrada en el modelo de hombre con poder económico, fuerza física y social que abusa de ese poder). A modo de ejemplo, recordemos que muchos menores, que no cumplen con ese estatus de poder tienen, no obstante, la capacidad de ejercer violencia, agredir, coaccionar y manipular a sus padres, sometiéndoles a una autentica dictadura familiar. Pero esta violencia no es abordable desde un modelo tradicional, e incluso puede ser minusvalorada o cuestionada, “responsabilizando” a los afectados por no saber hacer su papel de padres, o incluso culpándoles. (Nadie se atrevería a cuestionar la responsabilidad de una mujer que sufre maltrato, o a “aconsejarla” para no “hacer las cosas mal”). Existe un estatus en el abordaje de la violencia, algunos actos violentos, los más cercanos a la agresión física y a las formas “masculinas” de conflicto, son más reconocidas y respetadas, a medida que nos alejamos de este referente inicial, otras violencias son cuestionadas y minusvaloradas.
 
La violencia en muchas ocasiones es un sistema donde cada miembro tiene un rol, que no necesariamente tiene que encajar en el reduccionismo de “victima versus agresor”. En muchos casos el formato donde una persona ejerce violencia y otra persona la recibe, no es muy realista, a veces ambas personas desempeñan sendos papeles. La violencia intrafamiliar no es exclusivamente unidireccional. Es frecuente la violencia cruzada o mutua, la violencia reactiva o sistemas donde la violencia es una herramienta compartida en la interacción, como sucede tristemente en un alto número de familias.
 
Todas las personas implicadas en una dinámica violenta son en principio merecedoras de respeto y ayuda. Evidentemente la conducta violenta tiene una serie de beneficios secundarios; pero esto también sucede en otras conductas moralmente no cuestionadas, la depresión, la ansiedad, las fobias, la dependencia emocional…casi cualquier realidad emocional disfuncional tiene una faceta en que la persona evita o se beneficia de algún efecto de su comportamiento. Pero en general se considera esencial el sufrimiento y “secundario” el beneficio. La manipulación implícita en la mayoría de las conductas neuróticas no nos impide la empatía, valorar el sufrimiento de la persona y su merecimiento de ayuda y apoyo.
 
La visión moralista que define la violencia en términos de “buenos y malos” no permite entender ni ayudar a las personas implicadas en una dinámica de violencia. Igual que en estos años hemos aprendido que cualquier mujer puede ser víctima de malos tratos en su pareja, tener dificultades para elaborar la naturaleza de esta relación y que no responde a un perfil de mujer “con problemas”. También cualquiera de nosotros/as puede formar parte de una dinámica de violencia y tener las mismas dificultades para “salir” de este sistema, sin responder a un perfil “con problemas”.
 
Humanicemos esta realidad. Dejemos de jugar a que los violentos y los agresores son “los otros” y nosotros/as somos las victimas, los/as afectados. “los buenos/as”. Todos/as sufrimos la torpeza en las relaciones, en la creación de vínculos afectivos, en la comunicación y especialmente en el manejo del conflicto.
 
Las personas que utilizan estrategias social y legalmente censuradas para conseguir sus objetivos, deben ser identificadas y conducidas al sistema que el estado de derecho prevé para las acciones tipificadas como delito. Y los psicólogos formamos parte en muchas de nuestras facetas profesionales de este sistema de valoración o diagnostico.
 
Otra de nuestras facetas, más propia del ámbito terapéutico, aborda el tratamiento psicológico con personas que ejercen violencia. Legitimar la violencia como conducta disfuncional digna de ayuda, no supone su aceptación ni su impunidad. Igual que un paciente puede usar la amenaza de suicidio como una forma estratégica de manipular y ejercer violencia a sus familiares, también otros pacientes presentan ideas auto líticas consecuencia de un sufrimiento y desesperación enormes, (y sin embargo también son violentos), la valoración y ayuda que recibe del terapeuta va a ser muy distinta, no por razones morales, sino porque en terapia lo esencial es la toma de consciencia y la responsabilidad. Los psicólogos confrontamos y responsabilizamos desde el interés genuino en el bienestar de la persona que tenemos delante. Ayudar no significa dar la razón ni complacer al paciente, ni en las personas que ejercen violencia, ni en las que la reciben.
 
La conexión emocional es clave en la intervención con personas que ejercen violencia; ayudarles a conectar con su propio sufrimiento, con el dolor de la otra persona y con el conflicto que implica producir dolor; permite desactivar emocionalmente sus automatismos, romper el refugio donde se legitima y se neutraliza emocionalmente el acto violento.
 
También a nivel social es bueno que reconozcamos que usamos y aceptamos la violencia, que la argumentamos y legitimamos para no cuestionarnos. Somos una sociedad violenta y sus efectos son más que evidentes. La violencia no es cosa de “otros”. Forma parte de nuestra torpeza y de nuestras estrategias en la misma proporción. Las personas que ejercen la violencia no son tan lejanas ni tan distintas.

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